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lunes, 27 de octubre de 2014


OCTUBRE EN LDU 2014: Colaboración a cargo de Teresa Oteo Iglesias "La última cena" (relato)


LA ULTIMA
 CENA

A cargo de 
Teresa
Oteo Iglesias


Hacía rato que se habían marchado todos, solo quedaban ellos dos en la oficina. Aurelio Gracia cerraba su maletín cuando Lucas se acercó tímidamente a él para preguntarle si podía llevarle a casa, era una fría y desapacible noche de diciembre y tenía el coche en el taller. Su jefe dudó durante unos instantes, que a él le parecieron una eternidad, hasta que por fin escuchó su voz seca y cortante:
––Por supuesto, Lozano, no voy a permitir que mi mejor empleado se resfríe y no acuda al trabajo durante una semana––bromeó–– intentó hacerse el gracioso sin conseguirlo,  hay que reconocer que la única gracia que tenía la llevaba en el apellido–– por cierto, supongo que recuerdas que mañana es la cena.
––¡Cómo olvidarlo, señor! ––contestó cortésmente.
Caminaron hasta el ascensor, Lucas siempre un paso por detrás de su superior. Una vez dentro del elevador una jeringuilla con la dosis adecuada de cloruro de potasio hizo el resto.
Lo más difícil ya está hecho–– pensó Lucas Lozano en voz alta mientras  arrastraba el cuerpo sin vida de su ya ex jefe desde el ascensor a la plaza del parking donde, como cada noche, le esperaba su coche–– ese miserable no volverá a abusar del poder que le otorgaba su cargo.
Desde que le ascendieron a jefe de sección, hacía unos años, Aurelio se creía con derecho a explotar y a maltratar psicológicamente a sus empleados y no vacilaba en hacerlo sin ningún tipo de remordimiento, disfrutaba con ello.
Para los más débiles ir a trabajar cada mañana se convirtió en un verdadero suplicio. El único culpable de las bajas por depresión, en el departamento que dirigía dentro de la empresa, y el tema recurrente en el diván de varios psicólogos tenía nombre y apellido.
Aurelio Gracia vivía solo, no tenía pareja, ni familia con la que se hablara o mantuviera una relación mínimamente cordial, y conociéndole no era difícil imaginar por qué.
El único atisbo de humanidad, si podía considerarse así, que aquel canalla dejaba aflorar, lo veían cada año por Navidad. Aurelio invitaba a sus trabajadores a una cena en su casa unos días antes de Nochebuena.
Con la mejor de sus falsas sonrisas les deleitaba con  un “delicioso” rosbif, receta de su abuela materna, según les contaba año tras año en los postres, mientras sus invitados se sentían obligados a alabarle sus grandes dotes culinarias y a devolverle las sonrisas.
Aquel año Lucas decidió unilateralmente que, para su jefe, esa sería su particular  última cena.
Al día siguiente, la mañana del gran evento, el jefe no acudió a trabajar, al parecer tenía asuntos de los que ocuparse fuera de la oficina,  pero alguien en su nombre se encargó personalmente de enviar un e-mail a cada uno de sus empleados recordándoles la cita de aquella noche.




Los primeros invitados que llegaron a la vivienda se sorprendieron al encontrarse  la casa aparentemente vacía y la puerta entornada; la empujaron con recelo y entraron. La sorpresa no quedó ahí. Todo estaba preparado y dispuesto, el salón decorado con motivos navideños, la mesa puesta y unas botellas de vino abiertas sobre ella. De la cocina procedía un suculento olor a asado.
Intentaron ponerse en contacto con él pero el móvil les repetía una y otra vez que el número al que llamaban se encontraba apagado o fuera de cobertura. Esperaron durante casi una hora sin saber qué hacer.
Aurelio no apareció, sin embargo, no faltaba el clásico rosbif que esperaba su gran momento de gloria sobre la bandeja del horno.
Tras unos tensos momentos de incertidumbre y un intercambio de opiniones sobre lo que debían hacer decidieron que ya que estaba todo dispuesto sería una pena que se desperdiciara.
El menú fue exquisito. Rosbif relleno con verduras salteadas y patatas al horno. Todos coincidieron en que la cena resultó mucho más agradable sin la presencia de su anfitrión, quizá, después de todo, eso era precisamente lo que pretendía su jefe al privarles de su compañía.
Lucas disfrutó como nadie de aquella cena, solo él conocía los singulares ingredientes que hacían tan especial aquella celebración.
Ya en la sobremesa y con una copa de cava en la mano sugirió:
––¿Qué os parece si encendemos la chimenea? No creo que le importe ¿verdad? Y es justo el detalle que nos falta para una velada increíble––dijo dirigiéndose a sus compañeros––además––añadió para sus adentros ––¿Qué mejor manera para deshacerme de los huesos de ese desgraciado?
Pasaron las fiestas navideñas y Aurelio no había aparecido ni dado señales de vida. Parecía que se hubiera esfumado sin dejar rastro, la policía continuaba con la investigación pero hasta el momento no habían encontrado ninguna pista que pudiera aportar algo de luz al caso, no sabían nada sobre su posible paradero, ni  tenían ninguna prueba  que pudiera confirmar, aunque solo fuera, si se encontraba vivo o muerto.
Era como si aquel veintiuno de diciembre se lo hubiera tragado la tierra o hubiera sido abducido por una nave extraterrestre.
Lucas pasó las fiestas navideñas en el pueblo con su familia.
––Mamá, he traído un poco de rosbif congelado, lo preparé yo mismo hace unos días para una cena con mis compañeros, fue todo un éxito, está delicioso, la receta, aunque te parezca extraño, me la dio mi jefe, se puede decir que era el único que la conocía––le dijo mientras la saludaba con dos besos en las mejillas.
La vuelta a la normalidad sorprendió a Lucas con un ascenso, el puesto que Aurelio  había dejado vacante pasaba a ser suyo.
Una inquietante sonrisa se dibujaba en el rostro de Lucas mientras colocaba sus pertenencias en su nuevo despacho. Puso especial cuidado en aquella extraña figura tallada que presidía la mesa, la última adquisición de su exclusiva colección.
Nadie hubiera imaginado que se trataba de un hueso humano.

 Colaborador de Octubre en LDU 2014:


Teresa Oteo Iglesias



Amiga de Letra digital Uruguay y Premio B en la segunda edición. Ha colaborado sistemáticamente en todas nuestras propuestas. Fiel a su estilo, el terror es característico en su obra. Su versatilidad queda demostrada en su otra  faceta literaria, la poesía. Ha participado en varias antologías poéticas y de relatos. Sus implacables y retorcidos finales hacen de sus breves relatos, maravillosas piezas de suspenso dignas para ser leídas y sin caer en la decepción.


Pueden visitarla en su blog personal




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y en Facebook 


Además de ser una activa colaboradora, mantengo con esta autora un sueño compartido y es su primera antología de relatos ORBIS VERBUM: un giro de compás. Este proyecto literario ha pasado por muchos cambios e intentos de promoción. He realizado varios vídeos como por ejemplo el siguiente:









Ideal ocasión para que ustedes consigan su ejemplar digital y pueden adquirir la antología Orbis Verbum: un giro de compás en Amazon:














                                                                                                                     







9 comentarios :

José Vte. dijo...

Un relato inquietante. Esa cena se le puede indigestar a cualquiera. Y es que la venganza también puede servirse como un plato de rosbif.

Un beset

G a b y* dijo...

Creo que me he quedado atragantada! y no ha de ser por algún hueso, seguro, porque Lucas, se encargó bien del asunto!
Un relato con tinte macabro, que sirve a la venganza en plato y que al parecer, no sabe tan mal después de todo!
Mi querida Tere, tienes una mente para estas historias... que me lo pensaré más de una vez si en alguna ocasión me invitas a cenar en tu casa! :)
Te felicito, tus aportes geniales como siempre! Besos!
Gaby*

Neogéminis Mónica Frau dijo...

Es por eso que yo me estoy haciendo cada vez más vegetariana jejeje

Kramer dijo...

Como siempre, una pieza maestra de nuestra ama, señora y reina del relato y microrrelato gótico y de terror.

PD: me abrió el apetito.

Atte. El nefi antropófago

Charo dijo...

Qué relato tan macabro! Pero después de todo, si el rosbif estaba bueno pues qué bien porque todos los empleados al menos disfrutaron de algo bueno de su jefe!
Muy bueno Tere!

Sindel dijo...

Ay Tere!!! Tu relato me produjo una mezcla de sensaciones! jaja
Es excelente de principio a fin, pero cuánta perversión, eso de cocinar al jefe es tremendo, y lo peor es que los demás se lo han mandado adentro sin chistar.
No dejas de sorprenderme amiga! Te felicito!
Un beso enorme.

Teresa Oteo dijo...

Muchas gracias a todos por vuestros comentarios, pero sois unos invitados poco agradecidos jajaja mira que no gustaros mi cena :( menos al nefi antropófago jaja
Gaby*no te preocupes que cuando vengas a casa cocinaré algo especial para ti :))

Besos!!

censurasigloXXI dijo...

Con la de veces que estuve con mi exjefe en el ascensor...

Ahora, si me como a ese sujeto, la descomposición y la mala sangre hubieran sido apoteósicas ¡Menudo elemento! :)))

Un abrazo sangriento y tu mordedura particular.

Judith dijo...

jajajaja! esta super bueno Tere!! te luciste con tremenda cena, me dio hambre también jajaja!
Besos.